El viernes pasado nos congregamos muchos en la plaza de la Intendencia para asistir a la proyección de la película “Belgrano”, después del fallido intento del día jueves donde la multitud salió frustrada a causa de una muy inoportuna y en este caso antipatriota lluvia que nos disperso en pocos minutos. Córdoba es así, bastante gorilita y más de una vez hasta la naturaleza se muestra contrera.
La realización de la película, coproducida por la TV pública y el canal Encuentro, y la proyección gratuita y en plazas en varias ciudades del país viene a reafirmar una política nacional en el campo de la cultura- y allí se conjugan la voluntad política con el talento de nuestros artistas, directores e historiadores que algunas veces (solo algunas veces) demuestran estar a la altura de las circunstancias,- pero sobre todo en la lucha por la producción de ideas y la pugna por el sentido de las cosas.
Entre las numerosas acciones políticas que nos dejara este gobierno como legado estará quizá uno de los más importantes, por su trascendencia y profundidad: la revalorización de la historia propia, en especial de aquellos hitos que vienen a subrayar en rojo la cuestión de la independencia y la Soberanía Nacional.
Quienes hemos sido víctimas de una educación cuidadosamente enciclopedista (y para colmo ineficaz) aprendimos a repetir como una rara letanía las fechas, los nombres, las batallas, enumerar las victorias y las derrotas como un triste control de saldos. Pero lejos, muy lejos estábamos de ser capaces de aprehender su verdadero significado.
Batalla de Salta. Batalla de Tucumán. Vilcapugio y Ayohuma. ¡Y por supuesto, la bandera, la escarapela y el éxodo jujeño!
Teníamos siempre presentes los nombres de nuestros próceres y pegábamos en los cuadernos sus imágenes recortadas de la revista Billiken. Allí estaban, inmaculados en la sacra memoria popular, memoria moldeada en las aulas, todo siempre bajo la escrutadora mirada de Sarmiento.
Y allí quedaron, como símbolos nacionales, pero cuyo sentido fue variando, desdibujándose con el tiempo, perdiendo acaso esa aura primitiva que emanaba valores fundamentales de libertad, independencia, autoderminación, soberanía nacional. Y todo eso quedó inerte en la nomenclatura de las calles, los monumentos, las plazas, toda una simbología urbana más eficaz para referencias turísticas que para el uso legitimo de la memoria activa.
Esta vez, tal vez dada la coyuntura temporal actual (año del bicentenario), se nos obligó a revisar nuestro pasado. Repasar como en una lección escolar episodios constructores de lo que llamamos “patria”. Pero hubo, hay, otra coyuntura más importante y menos accidental: la voluntada política de un gobierno decidido a abrir los baúles de esa memoria y rescatar la historia de las páginas de los Billiken.
El gobierno de Néstor Kirchner, y en especial el de Cristina Fernández, volvieron a poner al frente de nosotros aquellos sucesos que construyeron (o apuntaban a hacerlo) la soberanía nacional. Dejamos de ver la historia como una fotografía en sepia, próceres fosilizados en el mármol, con ideas ya extemporáneas (¿extemporáneas?) sobre la patria y la autonomía de los pueblos.
En la escuela nos hablaron mucho de las victorias y muy poco sobre las derrotas. Ganamos a los realistas, enfrentamos a los ingleses, dejamos de ser colonia y construimos una nación para todos. Hubo siempre prohombres ilustres y ciudadanos heroicos.
La historia, tal cual nos fue contada en las escuelas, no nos puede (acaso no quiere) explicarnos cómo llegamos, 200 años después, a este punto donde nuestra presidenta vuelve a hablar de soberanía nacional y parece que lo dijera en otra lengua.
No se trata solamente de actos públicos, con corte de cinta y discursos en el atrio como aquel día de noviembre, en el acto conmemorativo de la batalla de la Vuelta de Obligado, donde se inauguró el monumento en honor a esa batalla y a los caídos en defensa de nuestra soberanía; ni tampoco el hecho de promover desde el estado una política cultural que desde el cine, los libros, la televisión o cualquier otro artefacto cultural nos recuerde quiénes somos, o quiénes quisimos ser.
No es únicamente la mera producción y consumo de simbología, sino que son esas acciones las que simplemente apuntan a servir de coordenadas para nosotros, los que asistimos primero pasivamente y más tarde en la acción concreta, en la militancia, a encontrar los significados exactos de lo que está sucediendo en la actualidad en nuestro país. Saber de qué hablamos cuando alguien dice “soberanía nacional”, aún cuando tengamos en la prensa escrita y en todos los medios de comunicación, miserables voceros del poder económico que busquen siempre reducir los efectos de nuestra producción simbólica, menospreciando todo hecho, todo acto del gobierno nacional, ocultando el fondo de todo lo que sucede y presentándolo como una máscara de algo que no tiene nada detrás, que sólo es una puesta en escena.
Quieren una historia para las bibliotecas y los anaqueles porque ésa habla de un país que no somos, que no fuimos capaces de hacer, o en cuyos intentos salimos derrotados, como en el ‘55 y en el ‘76. No quieren hablar del país que pensaron en la década infame, y menos aun del que programaron durante la dictadura y concretaron en los noventa.
Hoy buscan minimizar y burlarse de nuestra presidenta cuando habla de autonomía y soberanía nacional porque ocultan lo que nosotros sabemos: es soberanía nacional que un país no tenga que depender del crédito externo para desarrollar su economía. Que su gobierno no permita llegar a los buenos emisarios del FMI a ‘explicarnos’ cuánto de pobres somos y cómo dejaremos de serlo. Que un consejo internacional de sabios nos indique qué tenemos que producir, qué debemos enseñar a nuestros ciudadanos, y a qué vecinos debemos imitar y a cuáles ignorar.
Es soberanía nacional que las autoridades de un país ejerzan el derecho de revisar el sospechoso contenido de un avión extranjero, aunque ese material le pertenezca a estado extranjero más impune del mundo, acostumbrado a hacer su voluntad allá donde vaya, especialmente en estas latitudes del mundo… o al menos, era así hasta hoy.-
Valentina Barrionuevo
(Publicado en Agencia Paco Urondo)
